miércoles, 10 de septiembre de 2008

Guardián del otro. Antonio Méndez Rubio

........................................................................................(Micaela Petroni)..


GUARDIÁN DEL OTRO
Si alguien me dijera (y quienes me conocen lo saben) cuál es la idea o la frase que más impacto me ha causado de lo que llevo oído y leído, ahí no dudaría demasiado, porque uno no puede desprenderse del apunte de Adorno en sus Minima moralia: lo menos que podemos hacer en el infierno es dejar sitio para que el otro respire.
Puede que a alguien la frase le parezca exagerada. Puede. No es mi caso. El mundo que habitamos, el mundo diario, el mundo invisible de tan inmediato, está lejos de ser un paraíso, sobre todo cuando se lo mira desde el lugar imposible de los expropiados, de los exterminados, de los extranjeros, de los que no son nadie pero sin quienes nosotros seríamos menos aún de lo que ahora somos. También replicaba Trakl: no tengo ningún derecho a retirarme de este infierno… Está el infierno de la miseria y de la guerra, de los negocios que nos gobiernan hasta en lo más íntimo, y está, en algún lugar más inmediato de lo que parece, el infierno cotidiano, el dolor de las relaciones con los otros y con nosotros mismos. Está esa ceguera hacia el otro, porque nos puede el afán de ser vistos nosotros, la necesidad de ser alguien para los demás, que quizá sea comprensible, pero que, mientras tanto, va aplazando ese otro milagro irrenunciable: la inminencia de que los otros sean alguien para nosotros, la suerte de ver a los demás, a quienes nos acompañan, a quienes nos necesitan, verlos necesitarnos, sentir ese reto de entrega y de deuda. Lo digo otra vez: esa suerte.
Ésa y no otra es la suerte de conocer a Víctor Gómez. Ésa es la suerte de tenerlo cerca: saber de alguien que atiende a quienes no son él, que da un paso en el suelo y otro en el aire, porque está siempre pendiente de aquello(s) que no le pertenece(n), y hace de esa inseguridad una forma de avanzar juntos, de imaginar un camino nuevo y compartido. Creo (y acabo con otra idea de otros) que era Kierkegaard quien decía que la atención al otro se ve cuando decimos, por ejemplo, “amor mío” o “mi tierra” y no pensamos ese posesivo como “nuestro” sino “a lo que pertenecemos”. Mi tierra no es mi tierra porque sea mía, sino porque soy suyo. Mi infierno no es mío sino el lugar al que me debo. También mi cielo. Y así sucesivamente, hasta un reto infinito. Es el reto que a muchos, o que al menos a mí, me ofrece el encuentro con Víctor: saber que es mi amigo no porque me pertenezca sino porque yo quiero responder a ese pulso callado que es su sitio, que nos convoca desde un silencio de nadie y de todos.
A.M.R.

1 comentario:

Viktor Gómez dijo...

Querido Antonio:

Estoy buscando palabras. Desde antes del verano. Y ya apunta octubre, será el camino andado inútilmente desempolvado por la lluvia, querrá el viento oficiar de barrendero y de músico, me alejaré de la posibilidad de replica. Seré deudor de tu bondad y paciencia conmigo. No tendrá cura esta fiebre hermana.

Un día comentabas "no somos nada" y a partir de ahí podemos comenzar a hablar.

No sabes cuanto he pensado en eso. Y cómo me cura de mi vanidad, aquel sentido balbucir tuyo. Y cuánta falta me hacía. No es fácil, asumirlo, sin más, pero es de vital importancia. "No somos nada... y a partir de ahí podemos empezar a hablar".

Y a escribir, creo.

Por todo, con todo, querido Antonio, gracias.

Que podamos seguir en esto de leer, pensar, escribir, ser del darse, con actitud compasiva y crítica, sin renunciar sino solamente a aquello que sea mejor y suficiente.

nunca estaré a la altura que tus palabras me ponen, pero si que voy moroso y a la zaga por esa memoria utópica que defiendes con tu vida y tu poética.



Un abrazo grande,

Víktor
stand by me.